Cupido, dios del deseo amoroso en la Mitología romana, un niño con los ojos vendados representa que el amor es ciego y no ve los defectos ni los méritos del otro, con alas que indican que es fugaz y pasa pronto, porta unas flechas de oro para infundir el amor y otras de plomo para quitarlo. Las elecciones que hacemos de nuestros amantes tienen mucho de este Mito, y cuando decimos que hemos tenido un “flechazo” no estamos del todo equivocados, ya que un alto porcentaje de nuestra elección viene determinada por la parte inconsciente de nuestro cerebro. Elegimos según patrones o esquemas mentales que hemos ido creando desde la infancia junto a los primeros objetos de amor que fueron nuestros padres y para los cuales también fuimos objeto de su amor, sus caricias, abrazos y también a veces de sus frustraciones. Quedarnos “prendados de alguien” es más un gesto involuntario, un flechazo que recibimos sin esperarlo que algo elegido y voluntario, al menos en la primera etapa de una relación.

Si en los primeros años de vida los vínculos con nuestros padres o figuras de crianza fueron lo suficientemente sanos como para cubrir nuestras necesidades fisiológicas, de autoestima, reconocimiento, afecto y protección habremos podido generar esquemas y patrones mentales que tenderemos a repetir en el futuro con otras figuras. Hasta aquí perfecto, pero ¿qué ocurre cuando las figuras que nos cuidaron no supieron cubrir estas necesidades? Cuando no nos reconocieron y validaron, no nos tranquilizaron lo suficiente, nos criticaron en exceso, o no estuvieron disponibles para nosotros, en definitiva cuando no pudimos encontrarnos emocionalmente con ellos? Pues que por desgracia para nuestros corazones, aquí también aparece “el niño alado” lanzando flechas de oro en la dirección incorrecta y haciéndonos repetir nuevamente la historia infantil de desencuentros amorosos.

Y como el amor es ciego porque tiene los ojos vendados, no podremos reconocer ante nosotros mismos ni ante los demás que nuestro “amado/a” es un ser que no nos escucha, que está ausente, que ni nos valida ni reconoce ni apoya en nuestras decisiones, y lo que haremos será DISFRAZARLE. Le disfrazaremos de todo aquello que queremos, necesitamos y deseamos, le pondremos el disfraz de los padres y madres perfectos que nunca tuvimos y fantaseábamos con tener, el padre que jugaba contigo en lugar del que nunca estaba, la madre que te admiraba y felicitaba en lugar de la que te criticaba, y vamos por la vida “tan aparentemente contentos” luciendo por ahí a nuestro amante con disfraz. Un disfraz que como mecanismo de defensa funciona a la perfección protegiéndonos de lo que duele darnos cuenta de que esta vez elegimos mal.

Pero no desesperemos y recordemos también las flechas de plomo de Cupido, que harán que el enamoramiento vaya desapareciendo, poco a poco se nos caerá la venda de los ojos. En la medida en que podamos comprender que nuestros padres no nos dieron lo que necesitábamos NO porque no lo mereciésemos, sino porque no supieron hacerlo – quizás su historia fue parecida a la nuestra- …. De que entendamos y respetemos cuales son nuestras necesidades, de que podamos darnos protección, cuidados y reconocimiento, a medida que esto ocurra podremos ser nuestro propio Cupido y elegir consciente y voluntariamente la dirección de las flechas.

Autor: Zara Sánchez. Psicoterapia y Formación en Positiva Psicología. Talleres Del yo al nosotros.